Un partido de fútbol jugado en 2010 por las jugadoras de la selección femenina afgana de fútbol, contra un equipo conformado por miembros de la Fuerza Internacional de Asistencia para la Seguridad. Foto de Matthew Millham, para Resolute Support Media en Flickr. Con licencia Creative Commons Attribution 2.0 Generic.

Hay una razón por la que el fútbol es un bien cultural tan importante en muchas sociedades. Nos permite conectar con la posibilidad de que, con el esfuerzo, todos podemos llegar más lejos de lo que alguna vez soñamos. Por eso se echó tanto de menos al fútbol durante la pandemia. Estamos muy conectados con esa promesa, que nos entretiene y nos llena de esperanza que la temporada actual será mejor que la pasada. El fútbol en Afganistán no deja demasiadas noticias a nivel mundial. Al menos, por la calidad de su fútbol. Siempre es por un elemento humano que conmueve.

Está el caso de Murtaza Ahmadi, quien en 2016 captó la atención mundial por una foto que le sacó su hermano con una camiseta hecha a base de una bolsa de plástico. La bolsa de plástica era azul y blanca, parecida a la de la selección argentina, y luego le fue añadido el detalle de un “Messi” con el número 10. La historia llegó al propio jugador argentino, y al cabo de un tiempo le envió una camiseta y un balón de fútbol. Ese detalle —al parecer inofensivo— inició un período difícil para la familia Ahmadi, que quedó señalada como personas que correspondían con Messi. Los vecinos se hicieron la idea de que recibían dinero, ya que en su pueblo —ubicado en el distrito de Jaghori— hay mucha cultura de vivir de la caridad. Las amenazas de secuestros no se hicieron tardar, por lo que el padre de Murtaza, Arif, intentó sin éxito solicitar asilo. No importó que se aportara una carta amenazadora del talibán. Ni que la gente pasara por la noche a merodear. “La gente preguntaba si habíamos recibido mucho dinero de Messi”, cuenta el padre de Murtaza. Cuando fueron invitados a conocer a Messi en Catar, hubo un rayo de esperanza. Concretamente, de que la familia Ahmadi podría salir de Afganistán. Pero no fue así, y tuvieron que regresar a casa. La situación se tornó aún más hostil, y ello derivó en que Murtaza tuvo que irse a Kabul, a 300 kilómetros de su familia, para vivir con su tío.

La selección femenina afgana también es una historia que a priori significaba un triunfo de la esperanza para conseguir más y mejores derechos y, efectivamente, lograr una sociedad que fuera mejor. El simple hecho de ver mujeres jugar al fútbol era una victoria en sí misma. Su primera capitana, Khalida Popal, fue todo un ícono en su país en la lucha por los derechos de la mujer. Por ejemplo, fundó la Girl Power Organization, una fundación dedicada a empoderar y conectar a mujeres y niñas en Europa y Oriente Medio a través de la educación y el deporte. Las amenazas de muerte la llevaron a migrar a Dinamarca, y desde allí ha tenido que vivir los últimos acontecimientos que se han desarrollado en su país de origen.

Desde que el Talibán empezó a ganar terreno, Popal cuenta que le ha dicho a las jugadoras que quemen sus camisetas, borren su presencia en redes sociales, que quiten todo lo que tienen de la selección, que callen su identidad. Para quien fundó y capitaneó la selección de fútbol femenino de Afganistán, esto es algo que duele en el alma.

Cuando nos preguntemos por qué el fútbol adquiere tanta importancia, es por historias como esta. Porque han permitido a lo largo de los años visibilizar las luchas por la igualdad femenina. De cómo una vez el fútbol femenino era más visto que el masculino en Inglaterra gracias al Dick, Kerr’s Ladies y su estrella Lily Parr. Y de cómo haber impedido el desarrollo del fútbol femenino por más de 50 años también significó un enorme obstáculo en el desarrollo pleno de los derechos de las mujeres.

Así como el fútbol es una arena para conseguir ideales nobles, también es un mecanismo para lograr cosas más prácticas. Como una mejor vida. Uno de los que perseguía este sueño era Zaki Anwari, un futbolista de 19 años que jugaba en la selección sub20 de Afganistán y a quien se le auguraba el futuro más prometedor de los futbolistas afganos. El joven Anwari perdió la vida en su intento de escapar de Afganistán por vía aérea. Su cuerpo fue hallado en el tren de aterrizaje de un avión militar C-17 estadounidense, luego de que el joven futbolista intentara colgarse de la aeronave para huir. La noticia fue conocida tras el arribo del avión a Doha, Catar.

¿Por qué los líderes muestran empeño en no permitir que determinadas personas jueguen al fútbol? O ¿Por qué hay líderes que se empeñan en mostrar que su facción —étnica, ideológica, nacional— juega mejor al fútbol para que ella sea usada como palanca propagandística? ¿Por qué conmueve tanto la humildad y la sencillez de la foto de Murtaza Ahmadi? La razón es que, para bien o para mal, el fútbol sí importa. Y una forma de relatar la tragedia de lo que ha sucedido en Afganistán (y desgraciadamente parece que seguirá sucediendo por el futuro previsible) es a través de cómo algo que las personas dan por sentado —como lo es el fútbol— se ve afectado por la victoria del Talibán y su asalto al poder de aquel país.