Una pelea de aficionados en un partido entre Lokomotiv Leipzig y Dynamo Shwerin por la Copa de Alemania en 1990. Foto del Archivo Federal de Alemnia con licencia Creative Commons Attribution-Share Alike 3.0 Germany. Créditos oficiales: Bundesarchiv, Bild 183-1990-0414-009 / Wolfried Pätzold / CC-BY-SA 3.0.

El fútbol es el deporte que mayor sentimiento de comunidad genera entre los aficionados que lo siguen. Su popularidad, la tradición de modelo de propiedad de los aficionados (que hace que los equipos sean conocidos como clubes, aunque cada vez más el capital privado es dueño de los clubes), la proliferación de una enorme cantidad de equipos debido a que habían barreras de entrada bajas, y la rivalidad entre clubes (muchas veces producidas por cuestiones ajenas al fútbol, y se buscaba una superioridad al menos sobre el campo) hacen que el apego sea aún más grande. Que se genere un sentimiento de comunidad. Ése vínculo es muy difícil de romper.

Dos comunidades pueden sentirse competidoras por una diversidad de motivos (políticos, producción de un producto, y un largo etcétera), y ello hacía que hubiese expectación cuando ocurría un enfrentamiento entre los clubes que representaban ambas comunidades. O, dos clubes surgen en una misma comunidad, y compiten por ser los mejores dentro de ese entorno. Una sensación de estarse pisando los pies, que esta ciudad o pueblo es de representación de uno u otro club. Éste última situación ejemplifica el derbi sevillano —Sevilla-Betis—. Dos equipos con aficiones de un tamaño considerable, y con vinculación muy estrecha entre el club y su comunidad respectiva de fanáticos.

Pues bien, habiendo entendido que el fanatismo en el fútbol siempre ha estado muy vinculado al sentimiento de comunidad, se entiende que hay mucha emocionalidad y sentimentalismo incrustado. Y, desafortunadamente, no todas las personas saben canalizar sus emociones de una manera, ya no positiva, sino simplemente neutral y que no infrinja los derechos de otros. Es una cuestión estructural e histórica, que a veces los organismos rectores del fútbol no han sabido entender. Ha habido tragedias y eventos vergonzosos provocadas por hooligans. Esto, ejemplificado por los ingleses a tal punto que se prohibió su participación en competiciones europeas tras la tragedia de Heysel en 1985. Pero la violencia también se ha cobrado sus víctimas en el fútbol español, una de ellas en 2014 cuando un aficionado del Deportivo de La Coruña falleció a causa de los golpes propinados en una pelea entre aficionados de este equipo y del Atlético de Madrid. Lo que sufrió Joan Jordán en el estadio Benito Villamarín —cuando un aficionado le lanzó una barra que le provocó un traumatismo craneoencefálico del cual afortunadamente no hubo consecuencias mayores— el pasado sábado no es algo único, por desgracia.

Un enfoque integral debería ser considerado, para que de suceder este tipo de cosas se puedan tomar decisiones acertadas y con un criterio unificado. Cuerpos de seguridad que estén entrenados para detectar cuando se está llegando a ese punto de ebullición, esa masa crítica, en el que estas cosas pueden suceder. Capacidades para identificar focos de comportamientos “extremistas” y sus patrones, porque las situaciones se repiten una y otra vez. Y actuar de forma proporcional contra esos comportamientos. Un ejemplo de entendimiento de que el fútbol es comunidad, emoción y sentimiento (y que hay personas que expresan sus emociones y sentimientos de forma negativa) es el Borussia Dortmund. En su estadio, hay dos celdas para los aficionados que no sepan comportarse (una para el visitante, y una para los del Dortmund). En la celda, los infractores no podrán enterarse de lo que sucede en el campo, ya que no hay televisión para ver el partido y se está completamente insonorizado. Los que han hecho algo penalmente punible se les toma declaración y son enviados a la comisaría. Los altercados más leves son resueltos con la expulsión del estadio 15 minutos antes de acabar el partido.

Pese a que no es ideal que uno entidad privada sea capaz de privar de su libertad a una persona, esto lo que hace es demostrar que sí se entiende la cercanía del fanático y el fútbol. El hecho de que se pueda sustraer a alguien que ha cometido una ofensa grave para que deje de formar parte del partido es algo encomiable.

Por último, si al final se entiende el deporte como promotor de la salud, la convivencia y de la competencia sana, pues bien se haría en poner recursos para fomentar justamente esos valores de los cuales —supuestamente— el fútbol es promotor. Ya que la industria del fútbol gana tanto dinero, y ya que ese dinero viene de los fanáticos que siempre están allí (porque tienen un sentimiento de comunidad, que no pueden romper aunque ellos quisieran), pues se podría también invertir en formas de lograr que la emoción que viene desde la grada sea siempre en positivo. Educación, por ejemplo. O formación de grupos fanáticos para fomentar la convivencia. Cosas concretas, que vayan más allá de la clásica campaña publicitaria de un “dile no” al problema que nos ha sacudido recientemente. Hay que tomar medidas para resolver esos problemas.

Muchas personas usan el fútbol como forma para drenar las frustraciones de la cotidianidad. Pues a lo mejor el fútbol podría ser utilizado como conducto para mejorar esa cotidianidad, o ser mejores personas en ella. En fin, medidas que den a entender que los organismos reguladores han entendido que el fútbol apela a sentimientos de comunidad, y que hay un nexo emocional que es prácticamente inquebrantable entre un aficionado y su equipo y el fútbol.